Proxemia de bebés*

dios

Hace unos años, conocí a un tipo que cada vez que me hablaba parecía que me iba a dar un chupón. “Estoy en llamas”, pensé entre halagada y nerviosa. Pero al rato alguien me vino advertir: “tiene un problema de proxemia”. Yo respondí con cara de entender y, por miedo a que se me notara la desilusión, hice una mueca primero de sorpresa (la proxemia debe ser algo raro) y después de compasión (la proxemia debe ser algo grave). La verdad es que yo no tenía la más mínima idea de qué era eso pero sí albergaba la sospecha que lo que yo interpretaba como deseo era en realidad una patología. Otra vez.

Ahora ya sé que la proxemia es el uso que las personas hacemos del espacio entre nosotros. Y que es algo que los científicos de la interacción social ya midieron en centímetros. Es que es importante. En mi caso, esa persona podría haberse ligado un beso indeseado. Y probablemente algún día reciba una piña indeseada.

Todo esto para decir que mi madre tiene Proxemia Problemática de Bebés (PPB). No sé si está bien llamarlo enfermedad, aunque sí podría ser un síndrome causado por una falta: la mía. La PPB es, entonces, un hábito que adquieren ciertas personas cuando sus hijos deberían estar procreando y sin embargo tienen perros o gatos. O nada. Esto se traduce en acercarse demasiado a bebés ajenos y, en muchos casos, desconocidos y, en casos más graves, tocarlos y, en estadios agudos, intentar hacerles upa y robarlos. Estoy casi segura de que mi madre todavía no intentó robarse ningún bebé. Por lo que pude comprobar estaría atravesando una fase de PPB grado 3, que es la incluye contacto, justo antes del hurto. Obviamente esto me preocupa. Como hija, como ciudadana, pero sobre todo como testigo.

El otro día fuimos a una empresa de telefonía móvil a hacer un trámite y, mientras hacíamos la cola, un señor extranjero con un cochecito y un bebé y su suegra (esto es una suposición; podría haber sido su madre. Lo importante es que era la abuela del bebé porque oficiaba como contrafigura de mi madre que no es la abuela de nadie) entraron al local. Cuando vi que venían en nuestra dirección me empecé a poner nerviosa y a pedirle al dios de las hijas “que se vayan, que se vayan”. Pero el dios de las hijas no escucha y el extranjero, su suegra y el bebé se pararon justo atrás nuestro.

-¡Mirá Juana, qué divino!- exclamó mi madre.

– Jmmm- respondí sin mirar y sonriendo nerviosa.

El bebé no se veía muy bien porque el cochecito estaba de costado. Mi madre notó esto entonces reaccionó como cualquier persona con PPB fase 3: sortear el obstáculo para acercarse al bebé y hacer contacto visual para poder decir cosas y, se puede, tocarlo. Como no es lenta ni perezosa, corrió el cochecito del bebé, bajo la mirada absorta de los alemanes. Tampoco sé si eran alemanes pero es otra suposición basada en contrafiguras: su cartesianismo y distancia social europea vs nuestra calidez y desenfado tropical.

–   Mamá, no le toques el nene a los alemanes

– No lo estoy tocando, che- respondió indignada y susurrando.

– Pero les tocaste el cochecito. Están con cara de culo, mamá, por favor- le rogué, también bajito.

Los alemanes estaban visiblemente incómodos y miraban a mi madre, una mujer muy distinguida, como si se tratara de una gitana loca. Mi madre seguía con las contorsiones para poder ver al bebé.

– Mamá, piensan que se lo vas a robar- insistí

– ¡Cómo les voy a robar al bebé!- Y ahí sí. Habló fuerte.

Acto seguido, la abuela, que tampoco era lenta ni perezosa, miró en alemán a su yerno y se llevó el cochecito, salvando así a su nieto de un secuestro tercemundista. Yo también miré en alemán al padre del bebé y después a mi madre en un español lleno de suficiencia. Y aproveché el envión para soltar mi monólogo sobre la PPB: que quizás no fuera una patología pero sí un comportamiento para prestarle atención, que creía que se estaba agravando, que un día una alemana la iba a denunciar, que no todos los bebes son tan lindos. Reforcé mi monólogo con lo de los científicos y los centímetros. Incluso acudí a mi humillación del chupón que no fue y a mi interés desde entonces por el comportamiento social y los espacios. Pero nada. Ella sólo replicó: “Ni se te ocurra escribir sobre esto”.

Pero los dioses de las madres tampoco escuchan.

*Publicado en la versión papel de la revista Lento. Ilustración de Ramiro Alonso.

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Cambio de hábito

baudelaire

Entro rápido, me tumba el vaho, y saludo para abajo para que nadie me escuche. Tecleo mi número de identificación en la computadora de la recepción, me muestra una foto mía ridícula – en ella sonrío demasiado, como pidiendo un favor- y me salta un cartel que me dice: ¡Bienvenida Juana! ¡Esta semana no viniste! ¡Hoy toca tomarte las medidas! Le digo mentalmente a la máquina que estoy al tanto y sigo. Todavía no me saqué los auriculares y alargo el momento hasta el vestuario, como una forma inútil de resistencia. La primera. Voy al baño para mear y a saludar a “Mister Tacho”, un balde de basura parlante que nos pide a las clientas de esta famosa cadena de gimnasios “que cambia hábitos de vida” que por favor le demos de comer a él y no al wáter. Odio a Míster Tacho. Lo llenaría de tampones prendidos fuego. O peor, lo mataría de hambre y atiborraría a míster wáter hasta causar una inundación masiva y así lograr la muerte y destrucción de ese espacio lila lleno de pósters con preguntas afirmativas: “¿Sabías que el ejercicio es el peor enemigo de la depresión?” “¿Sabías que el deporte es más poderoso que la genética?” Y el más desconcertante: “¿Sabías que ejercitarse media hora todos los días combate la sordera?” Todo el local está empapelado con paisajes en tonos pasteles y fotos de modelos excedidas de peso o de la tercera edad que son felices porque lo intentan. También hay fotos de las animadoras (ellas se llaman a sí mismas coaches) que son las encargadas de que las clientas hagamos bien los ejercicios en la media hora obligada – ni un segundo menos, ni un segundo más- que nos toca estar allí. Media hora. Media hora y estoy afuera.

Soda Estéreo y Shakira están a tope y en versión tropical. Espero para entrar al circuito de doce aparatos que tendré que recorrer dos veces y media. Ni un aparato más, ni un aparato menos. Eso me repito mientras caliento en la “plataforma”, un cuadrado de madera donde todas tenemos que hacer algo entre los ejercicios. Yo hago que corro, pero mis compañeras hacen bailecitos. La están pasando bien mientras calculan gracias a un chip si se están superando a sí mismas. Yo no tengo chip. En el medio del circuito están las coaches que nos dan aliento, como encarnaciones infernales de los pósters color pastel.

– ¡Vamos rubia! ¡Vos podés! – dice la más bajita, una morocha de cerquillo tipo pequeño pony, con una extraversión tan impostada que me den ganas de preguntarle todo el tiempo si se siente bien. Yo soy rubia. Me está hablando a mí y claro que puedo. Cómo no voy a poder. Esto es un gimnasio para la tercera edad. Si no puedo, me mato.

– ¡Vamos rubia!- insiste el pony sin mirarme.

Pienso en súcubos. Doy saltitos en mi lugar y pienso en íncubos. Nunca sé cuál es cuál. Pienso en el poema de Baudelaire. Lo juro. No suelo pensar en Baudelaire pero mientras decido si la coach es un súcubo o un íncubo lo invoco. Termina persiana americana y…

– Cambio de estación.

La misma gallega cachonda que habla en los GPS es la que nos dice cuándo tenemos que cambiar de aparato en el circuito. Quiero conectarme a mi mp3 lleno de música de rockeras que buscan venganza pero me da miedo de perderme a la gallega y quedar pegada. Me toca hacer abdominales. Bajo y subo. Bajo y subo.

-¡Vamos rubia que queda poquito!

El súcubo está obsesionada conmigo. Es la única explicación. Y qué raro que insista con lo de rubia, porque ahora estoy bastante oscura. Pero quién sabe. Capaz que tengo aura de rubia. Porque siempre fui rubia. Quizás debería aclararme un poco el pelo ahora que viene el verano. El pony me insiste porque soy la que no tiene chip, la que no va nunca ni se toma las medidas. Seguro que me quiere agarrar al final del circuito para pesarme y venderme suplementos nutricionales.

Bajo y subo.

A mí no me van a agarrar. Soy el último bastión de resistencia. Soy la última esperanza para destruir a este sistema. Soy menor de setenta años y no me tonifico. Permaneceré infeliz, atada a mis genes sedentarios y con problemas de sordera.

-¡Vamos Romina, vos podés rubia linda!- dice el pony, y le da una palmadita en la espalda a una señora que está al lado mío.

La semana que viene me hago el chip sin falta.

Publicado en la versión papel de revista Lento

Yendo de la cama a la cama

alexandre-le-bienheureux

Hay una comedia francesa que vi cuando era chica que se llama “Buenas noches, Alejandro” y trata de un campesino que, una vez que muere su mujer, decide pasársela en grande no haciendo nunca más nada. Y nada es nada. Para eso diseña un sistema que le permite sobrevivir desde su cama, entrenando, incluso, a su perro para que le lleve el desayuno. No sé si es una gran película- debería verla otra vez – pero está claro que dejó una marca indeleble en mí. Recuerdo haber mirado con admiración a Alejandro pensando: “Cuando sea grande quiero ser eso”. Por esa época también quería ser bailarina en un circo (para que no piensen que carecía de ambiciones) pero como lo de los caballos y las plumas misteriosamente no prosperó me dediqué con porfía y tesón a desarrollar mi otra gran vocación: estar en posición horizontal. No crean que ha sido fácil. Estar acostada, cuando no es de noche y hay que dormir, no es algo que tenga buena prensa. Más bien todo lo contrario. El mundo entero nos está diciendo todo el tiempo que tenemos que levantarnos y andar, y que caminante se hace camino al andar y que ser bípedos es un signo de evolución. Obviamente no estoy de acuerdo con ninguna de estas afirmaciones pero como soy un ser social he tenido que disimular mi estado natural yendo de acá para allá. Hasta este invierno. Antes de proseguir, me gustaría hacer una aclaración: lo mío no es pereza o hastío, o tedio, o el sol negro de la melancolía; simplemente me gusta estar horizontalizada. Así todo funciona mejor: mi cerebro está más irrigado, mi corazón más contento. Todavía no he encontrado artículos científicos que avalen mi hipótesis, pero supongo que es porque las grandes potencias no quieren financiarlos por miedo a que el capitalismo se les venga en banda.

Como ven, he reflexionado mucho al respecto- sobre todo cuando me fui a vivir con mi novio y tuve que convencerlo de que no estaba deprimida sino que simplemente era así y que de paso me alcanzara el agua y la computadora, y algo para picar- y luego de luchar durante años contra la fuerza de gravedad (mi guía, mi aliada, mi luz) decidí abrazarla con fuerza estos últimos meses. Este invierno, el frío y el aumento sideral de los servicios en Argentina complotaron para que yo me reuniera de forma sostenida e intensa con mi verdadero yo. Desempolvé una manta eléctrica que hace años tenía guardada, la puse sobre el colchón y, con la excusa de que el resto de mi casa era Siberia, convertí a la cama en mi base de operaciones. Como Alejandro. Esto alteró bastante mi rutina, la de mi novio e incluso la de mi gato, con quien hemos consolidado una relación de pegoteo casi siamés. El cronograma suele ser el siguiente: me despierto temprano y como todavía no implementé lo de la chata, muy a mi pesar tengo que levantarme para ir a mear. Tirito de frío. Vuelvo a la cama. Mi novio me trae el café con leche, que es un arreglo que tenemos desde hace años y funciona lo más bien. Tomo el café con leche. En general vuelco un poco y me mancho porque estoy dormida y es difícil tomar en taza estando acostada. Quizás debería implementar una pajita. Alejandro lo habría hecho. Puteo sabiendo que es momento de levantarme para bañarme, porque relajo pero con orden. Apago por un rato la manta eléctrica para que descanse. Después de bañarme me visto con ropa como para salir a la calle. Hago toda la mímica de una persona normal. Tiendo la cama e incluso hay mañanas en las que salgo a correr – antes del café con leche y después de mear- aunque no me guste. Después de vestirme dudo si ponerme zapatos –perfume ya me puse- o ponerme las pantuflas. Son unos segundos de negación de mi condición camera donde me debato en posibilidades. Me pongo las pantuflas. Voy hasta mi escritorio y me siento. Ese cuarto está helado y entonces me digo que basta de farsa y agarro la computadora y me la llevo a la cama. Me llevo el mate a la cama. Me llevo una bandeja a la cama. Agarro al gato que anda por ahí en el pasillo y también me lo llevo a la cama aunque todavía no le logrado entrenarlo muy bien para que me traiga cosas útiles. Por ahora solo sube a la cama un elefante de peluche. Me saco las pantuflas, prendo la manta eléctrica, me acomodo la espalda con un par de almohadones y finalmente me vuelvo a acostar. Al fin arrancó mi día.

Publicado en Lento.

 

Como yo siempre digo

Sui+Generis+suig

Siempre resulta curioso- por no decir fastidioso, insoportable, altamente condenable- que las personas repitan expresiones como si se trataran de verdades únicas. Las verdades únicas forman una categoría ubicada entre la verdad revelada y la experiencia única. Ejemplos de verdad revelada: «Hay que dar tiempo al tiempo » « Lo importante es que nos escuchemos los unos a los otros » « Yo suelo decir que quien más da, más recibe » (esta tiene el aliciente de la persona que se cita a sí misma como fuente de autoridad para darle mayor efecto a su verdad). La lista no es tan infinita como parece, porque las verdades reveladas, al igual que los lugares comunes, suelen ser finitos.

Ejemplo de experiencias únicas : « No me gusta el café con leche » « Cuando estornudo siempre se me escapa pichí» « Un día fui al campo y me caí de una yegua en celo ». Las experiencias únicas, al contrario de las verdades reveladas, suelen ser infinitas. O quizás el número se pueda encontrar en la multiplicación de la cantidad de habitantes por experiencias a lo largo de una vida. Pero nadie se va a poner a hacer esa cuenta.

Son las verdades únicas, referidas al principio, las que resultan de peor calaña porque implican una pésima conciencia, no sólo de sí mismo, sino también del otro. Un ejemplo muy común es: « Yo lo que odio es hacer trámites ». Aquí se junta la verdad revelada : hacer trámites es una mierda. Y la experiencia única : yo odio.

Porque a nadie en su sano juicio le gusta hacer trámites. Nunca escuché que alguien dijera  “La verdad es que no me molesta esperar tres horas en una oficina mientras me pasean de mostrador en mostrador, me miran con cara de culo, dicen que no pueden ayudarme, me hacen volver a Informes donde me pasan a Coordinación del tercer piso donde me gruñen que en realidad tengo que ir a Ejecuciones, del segundo, donde me escupen un pedazo de bizcocho sin querer porque justo el chico estaba desayunando. Aunque el escupidor resulta ser, a pesar de las apariencias, alguien muy comprensivo y tiene a bien explicarme que en efecto mi trámite es algo muy pero muy complicado, un trámite casi interplanetario, de esos que nunca se pueden resolver, aunque nos contactemos con las altas esferas, o sea Dios. Porque Dios también es empleado en un mostrador – la canción la tenés ¿no ?- Pero que el trámite existe, existe. La persona del bizcocho una vez escuchó de un caso similar. Por eso quien ya se terminó el bizcocho llama a la persona detrás de bambalinas para hacerle la consulta. La persona escondida lanza un gemido, o un gruñido, un suspiro muy sonoro indicando algo así como: sí, puede ser, pero qué ganas de molestar. El fanático de los bizcochos y de Sui Generis se siente Dios por un segundo y acepta ingresar la consulta a su computadora. La computadora le dice que la sucursal que me corresponde es la 45. Y esta es la 52. Obviamente la sucursal 45 queda muy lejos de la 52. Pero se puede hacer un cambio de sucursal. No, él no puede. Para eso hay que llamar por teléfono. Señorita, no se permite usar el celular en el establecimiento, dice un guardia de seguridad que no se sabe de dónde salió. Así que mejor volverme a mi casa. Quizás un día pueda hacer el trámite. Ha habido casos”.

Después de una experiencia similar es muy probable que salgamos del establecimiento bastante angustiados, con sensación de derrota y atisbos de desesperación. Hay quienes incluso puedan calibrar la idea de un suicidio. Y no los juzgo. Yo misma coqueteo con esa posibilidad cada vez que salgo de una oficina. Es eso o intentar ordenar el mundo mediante categorías. Es que odio hacer trámites (verdad única) Una vez fui a hacer un trámite y me escupieron bizcocho (experiencia única) Pero como yo digo siempre: lo que no te mata, te fortalece (verdad revelada con autocita de autoridad).

Publicado en la versión papel de la revista Lento

Un mundo mejor, para ti, para mí y para toda la raza humana

facebook

Todas las noches, antes de disponerme a dormir, le converso un rato a mi novio. Ya a oscuras, suelo referirme a la jornada, hablar sobre el porvenir o simplemente sacar tema para evitar que se acabe el día. Soy una suerte de comentarista nocturna, algo que él, que es normal y de noche tiene sueño, no aprecia demasiado. En general, por gentileza, dice “jmm” o “ahh” mientras se va quedando dormido y yo termino hablando sola. Pero la otra noche, en lugar de murmurar desde el más allá, mi novio exclamó: “Juana por favor, qué estás diciendo, no entiendo nada.”

Entonces repasé mis palabras. Había hablado sobre el hijo de una conocida que creo que es albino pero no estoy segura. En el caso de no ser albino es inexplicable que sea tan claro porque sus dos padres son muy morochos. Formulé mi duda acerca de si ser albino es un tema tabú o no. Si se le puede preguntar a una persona si su hijo es albino o hay que decir nomás: ay mirá qué rubio. O callarse la boca. Luego le dije que quería ir a un restorán de comida africana que queda cerca de casa. Es de un senegalés. Ahí meché algo sobre los albinos negros, que en realidad son blancos. En África los persiguen y los matan. ¿O es un mito? Y a modo de cierre le pregunté si estaba al tanto de que adentro de Alf había un actor enano. Iba a seguir pero ahí fue cuando mi novio se sacudió el sueño para interpelarme. Prendió la luz. Me quedó mirando. Y yo me di cuenta del dislate: todo el contenido de mi monólogo había salido de Facebook. Era parte de lo que había consumido hasta hacía pocas horas en la red social. La foto del hijo de un conocido al que no veo hace diez años, la publicidad de la comida africana, el artículo sobre el enano de Alf. Y era tan solo un ínfimo porcentaje de mi bullicio mental.

Creo que estoy en problemas. Desde que trabajo en mi casa y no veo mucha gente, cada vez me cuesta más separar mi vida real de la virtual. Me río, me indigno, comento, miro fotos – muchas- de personas que no sé quiénes son. Es posible que haya reemplazado la enajenación de la cablera de noticias de la redacción en la que trabajaba por el timeline de Facebook. Tengo la capacidad de atención de una mosca enferma pero me quedo enganchada. Patrullo la red social. El otro día, por ejemplo, mientras caminaba por la calle me di cuenta que estaba pensando en un contacto de Facebook. No es un amigo mío en la vida real. Nunca la vi personalmente. Pero cada vez que lo leo me fastidia. Es alguien que quiere quedar bien todo el tiempo. Para eso se creó un personaje insoportable: se la pasa publicando fotos de lo que cocina y de lo que lee, y de la música que escucha y comentando sobre lo bien que la pasa en su casa, y de las hierbas de su balcón. Y los placeres de la vida. Y yo la verdad es que no le creo nada. Hay gente a la que sí le creo, e incluso envidio. Pero él me parece un impostor. Me explico: no dudo de que haga todas esa cosas (cocinar, escuchar música, etc) sólo que creo que no se la pasa tan bien como nos quiere hacer ver. Incluso creo que las hace solamente para postearlas. Digamos que es un efectista del Facebook, una categoría un tanto redundante que me inventé hace un tiempo y que habla más de mi precaria salud mental que de la red social. Pero no importa. El tema es que el otro día mientras caminaba por el mundo real – cagándome de frío, que es a lo que me dedico últimamente- sorprendí a mi mente pensando en ella. Y preguntándome qué haría mi contacto antes de la existencia de Facebook. ¿Cómo construiría la imagen de sí mismo? ¿Llamaría por teléfono a algún amigo-conocido para comentarle que se estaba por papar un risotto al funghi con remolachitas bebés remojadas en jerez? ¿Iría a un bar y le contaría al de la barra sobre sus lecturas y sus glorias? En serio. ¿Cómo era la vida de este tipo antes de la vidriera? Y a todo esto: ¿cómo era la mía? ¿Veía a más personas? ¿Espiaba a mis vecinos? ¿Tenía mayor capacidad de concentración? ¿Hablaba y pensaba más coherentemente? La reflexión se interrumpió cuando llegué a la pollería. Uno de los vendedores, un hombre viejo, flaquito, claramente golpeado por la vida, sonreía con pocos dientes y cantaba enajenado una canción de Michael Jackson que sonaba en la radio. Esa que dice que hay que curar al mundo, hacerlo un mejor lugar, para ti y para mí, y para toda la raza humana. El viejo pronunciaba muy bien su inglés. Estaba rodeado de pollos pálidos y cantaba la canción de un negro albino. La imagen era tan enternecedora como inquietante. Algo perfecto para postear en Facebook.

Publicado en la revista Lento

 

Viajar

avioncito

Un breve test para responder con una mano en el corazón y la otra sosteniendo un arma.

Vas a Nueva York por trabajo y en tu día libre:

a-Te levantás temprano para cruzar el puente de Brooklyn caminando y así disfrutar de una vista inolvidable

b-Te quedás mirando tele en el hotel.

c-Vas a conocer el Central Park y en lugar de recorrer el parque decidís sacarte fotos con unos señores disfrazados de superhéroes que casi te roban una bolsa llena de artefactos electrónicos, además de la cámara fotográfica con la que pensabas inmortalizar el momento.

En una escapada de ensueño a la Puna y Quebrada argentinas:

a- Disfrutás de la paz de las montañas, de esa energía única que hace que todo tome sentido otra vez. El paisaje terracota, la altura y la aridez te reconectan con la tierra y con tu centro. El contacto con las culturas milenariamente oprimidas te enriquece espiritualmente y atesorás esa sabiduría por el resto de tu vida

b- Te quedás mirando tele en el hotel porque estás apunada.

c- Te llevás una mochila de 60 kilos para una semana llena de ropa de invierno cuando en realidad hay más de 30 grados porque googleaste mal el clima y además te das cuenta que no metiste ni un par de championes, lo que hace que tengas que comprar championes en un pueblo de la montaña y pagar a precio de alta costura un short horrible, además de un gorro andino para terminar vestida como una versión ochentosa de Dora la Exploradora. Como tuviste que comprar tanta indumentaria de supervivencia, no te entra más nada en la mochila, pero querés comprar artesanías de las culturas milenariamente oprimidas – es lo único que te podés llevar, porque la sabiduría en realidad no la sentiste, tampoco la paz mental- y entonces decidís mandarte a tu casa ropa sucia por encomienda para hacer lugar y poder seguir comprando alfombras, o ahuayos o llamas de lana, o gorros de lana de llama, todas cosas esenciales para tu vida urbana, y para esta temporada estival.

La primera noche en un viaje por trabajo a la ciudad de Salta:

a)Después de un día intenso, llamás a todos esos contactos que te pasaron para hacer de tu estadía algo más familiar y tener una cena como dios manda, además de conocer gente interesante y local.

b)Te quedás mirando tele en el hotel.

c) Salís a buscar comida para no comprar la del hotel que es carísima y vas a un supermercado y te parece que comprar vino es una buena idea solo que cuando salís te das cuenta que no tenés sacacorchos en el cuarto y entonces volvés a entrar al súper, ya un poco mareada, y el único sacacorchos que venden cuesta casi como una noche de hotel, pero lo comprás igual porque ya tenés el vino y a cagar. Cuando finalmente salís del super te das cuenta que no te acordás cómo llegar al hotel, ni cómo se llama el hotel, entonces empezás a vagar por el centro de una ciudad desconocida mirando zapatos y, a punto de ponerte a llorar, decidís probarte un par de zapatos porque ya perdiste toda esperanza de encontrar el hotel, de comer, de tomar el vino y de mirar tele, que en realidad era lo único que querías hacer.

En unos días de relax en la costa atlántica:

a)Te levantás todas las mañanas y hacés el saludo al sol. Después caminás una hora frente al mar tomada de la mano de tu pareja, conversando sobre todas esas cosas que la ajetreada vida cotidiana no permite. Y ríen, y se abrazan, y se dan baños de amor. Después almuerzan pescado fresco, y toman vino blanco y duermen la siesta o hacen el amor, para después repetir la secuencia de la mañana pero mirando el atardecer.

b)Te quedás mirando tele en la casa.

c)Te levantás al mediodía puteando porque ya te perdiste la mañana y ya hace demasiado calor para el saludo al sol. Como desayunaste tarde, el almuerzo se atrasa y no da comprar pescado entonces terminás comiendo una milanesa al pan de un carrito que te cae mal. Con tu pareja ya ni te hablás, porque no te despertó para ir a la playa. La milanesa además te dio sueño y, aunque dormiste hace poco, te clavás una siesta de tres horas para volver a despertarte de malhumor y repetir la secuencia del mediodía y perderte el atardecer.

Resultados:

Mayorías de a) Sos una persona sensata y ordenada que sabe sacar el máximo de provecho de todas las situaciones. Seguí viajando. Vos crees que la pasás bien.

Mayoría de b) Viajar no es mucho lo tuyo pero al menos tenés claras tus prioridades. Eso, en el viaje de la vida, es invaluable.

Mayoría de c) Sos una persona encantadora, inteligente y sensible. Naciste para triunfar. Además, la comida no te engorda y nunca vas a tener hemorroides. No necesitás viajar para saberlo.

Texto publicado en la versión papel de la revista Lento

El Mundial me hizo mala

pelota

Ya sé. El Mundial se terminó hace rato y ahora todos siguen con sus vidas como si nada. Pero yo no. Porque me pasaron cosas fuertes, hondas, que dejaron secuelas, como un terremoto o una inundación. El fútbol, al que siempre miré con el desdén con que se mira lo que se no se entiende, reveló cosas horribles acerca de mi misma; ignominias insospechadas, que hacen que ya no sepa quién soy. Esto fue lo descubrí.

Soy xenófoba

Cuando era chica me encantaban esos libros con niños de todas partes del mundo que, dibujados en ronda abrazando al planeta Tierra, nos enseñaban que la esperanza radicaba en la unión y la diversidad. En general eran publicaciones de la UNESCO que yo consumía con el fervor y el idealismo de una pequeña Lisa Simpson. Y así me mantuve hasta hace un mes. Proclamando la igualdad, el respeto por la otredad, yendo a manifestaciones, denunciando a la invisibilización. Pero después vino el partido con Costa Rica. Empezamos a perder y de mi boca afloraron expresiones como “malditos caribeños”, “con razón ahí no tienen filósofos” y cosas mucho peores que prefiero no acordarme, como Cervantes.

Soy una resentida social

Vengo de una familia progre que me enseñó todos los valores que una chica progre debe tener. No solo a preocuparme por los sectores más vulnerables sino también a entender que no hay que odiar a los que tienen más. Al menos no sin fundamentos claros. Pero, otra vez en el partido contra Costa Rica, cada vez que veía cómo los “ticos” festejaban los goles, lo único que podía decir era: “millonarios de mierda, cuánto les habrá costado el pasaje y la entrada. Mientras ustedes se alegran tanto, viven en un país donde la gente se muere de hambre. Se nota que no tienen que laburar”.

Odio a los niños

Esto fue realmente una sorpresa. Yo pensaba que adoraba a los niños. Incluso trabajé en un jardín de infantes. Soy una buena compañera de juegos y empatizo rápido. Pero cada vez que la cámara enfocaba a un niño del cuadro contrario festejando el triunfo, o apenas un gol, me entraba un odio visceral hacia esos pequeños malcriados, nenes de papá de la fiesta mundialista.

Soy nacionalista

Esto va de la mano con la xenofobia, lo sé. Pero es que lo descubrí unos días más tarde, cuando jugábamos contra Inglaterra y yo, rodeada de argentinos, miraba el partido. No sólo amenacé a todos mis compañeros de redacción para que hincharan por Uruguay – no fue difícil- sino que lloré con los goles de Suárez y hablé durante horas sobre “los pibes de la selección”.

-Soy violenta

Creo que por lo anterior queda claro. Pero además en todos los partidos grité: “quebrale las piernas”, no importa a quién, no importa en qué circunstancias. Por lo que la mordida de Suárez me pareció un juego de niños.

– Todo lo vuelvo geopolítico

Todo es geopolítico

Soy capaz de pelearme con mi pareja por fútbol

Vivo con un argentino autoproclamado “amante del buen fútbol”, lo que trajo varios problemas a la relación. Porque como intelectual del balón que es, sólo hinchaba por los cuadros que le parecía jugaban bien. Así que cuando Uruguay no estaba a la altura, o Suárez mordía italianos, él no hinchaba por mi equipo. Y eso es traición.

– Soy una despechada 

Yo venía resistiéndome al Mundial porque sé que entregarse a la pasión, de cualquier tipo, tiene unos costos altísimos. Pero este año lo viví como un primer amor adolescente. Y me volví vulnerable. Cuando supe que Suárez no iba a jugar más y que se nos venía la noche, en lugar de apoyar a la Celeste y ponerle fichas a Cavani, en el partido contra Colombia me fui a dormir la siesta. Y, con el corazón hecho pedazos, no volví a despertar.

Juana le taxi

taxi
                      “Vamos Joe, vamos, penetra en la noche hacia el Amazonas. Joe le taxi y el cha cha chi”
              Vanessa Paradis

Hace tiempo que estoy buscando un momento fundacional para explicar mi adicción. Por ejemplo yo con tres años en un taxi lleno de globos y caramelos, cantando “El puré” ( que me acabo de percatar también se llama”Himno de los conductores imprudentes”) de Los Tontos, mi canción favorita por ese entonces. O yo con cinco años adentro de un taxi donde mis padres me daban la noticia que se volverían a casar. O yo con diez años en un taxi y un chófer diciéndome que me va a llevar a Disney (aunque ahora que lo pienso este último ejemplo es medio inquietante). De todas maneras nada de esto sucedió.

Como casi todo el mundo, creo que en la infancia se generan gran parte de las emociones y comportamientos que sedimentamos a lo largo de nuestras vidas. Por lo tanto estoy convencida que de chica debo haber sido muy pero muy feliz adentro de un taxi: sólo así podría explicar mi fascinación y dependencia – que me ha llevado incluso a delinquir- con esos coches que me llevan a donde les digo. O quizás haya sido al revés: que yo haya muy infeliz caminando o tomando un ómnibus o andando en bicicleta. Pero que algo pasó, pasó. Porque mi relación con los taxis no es normal. Al menos eso opina la gente que me rodea, que odia al gremio como todo el mundo salvo yo que tengo problemas. Repaso aquí algunas de sus máximas y mis explicaciones:

“Trabajás para pagar taxis”

Me la empezó a decir mi madre cuando ingresé al mundo del trabajo a los 18 años. Lo que ella no sabía es que antes le robaba plata o me gastaba la plata del almuerzo del liceo.

“Trabajás para pagarte la terapia y los taxis”.

Mismo razonamiento que el anterior pero con el agregado de la terapia, lo que habla de mi incremento económico y mi independencia.

“Trabajás para pagarte el alcohol, la terapia y los taxis”.

Sigue la misma línea de análisis pero con la variable de mi problema de alcoholismo. Y a mí me parece muy bien porque es la demostración de que cuando bebo no manejo.

“Trabajás para pagar el alcohol, la terapia, el alquiler y los taxis” .

Pago mi alquiler y eso es importante.

“Si juntaras todo lo que gastaste en taxi ahora tendrías una casa propia”

Me parece improbable dado el estado actual del mercado inmobiliario. Además es un razonamiento falaz.

“Los taxis te pasean”

Nunca podría afirmarlo o desmentirlo porque no tengo sentido de la orientación ni sé leer mapas. Básicamente nunca sé en dónde estoy ni cómo llegar a los lugares. Y me gusta pasear.

 “Los taxis son peligrosos”

En eso estoy de acuerdo. Al cierre de esta edición, una amiga se está recuperando de un accidente en un taxi que por suerte no pasó a mayores. Pero fue embestida por un patrullero, así que podríamos echarle la culpa a la policía, que suele ser responsable de todo lo malo.

 “Todos los taxistas son de derecha”

Esta es quizás una de las más delirantes y me la dijo mi novio, que es argentino, cuando me mudé a Buenos Aires. Todavía me quedan muchos taxistas porteños por conocer – aunque en realidad no sé, me ha pasado de tomarme el mismo taxi en una semana- y la verdad es que pueden ser bastante reaccionarios, pero mi explicación es porque son todos millonarios.

 “En Buenos Aires todos los taxistas son millonarios”

Es lo que vengo diciendo desde que me mudé a la gran ciudad. De hecho, puedo afirmar con soltura que un 80% de los tacheros con los que tuve el gusto de conversar – hablan mucho acá- me contaron que se están por ir de vacaciones a Miami, o que vuelven de Miami o de su casa en la costa.

 “Los taxistas porteños son todos unos mentirosos”

Eso me responde mi novio frente a mi máxima anterior.

 “¿A mí también me robás plata para taxis?”

Esta no es una máxima pero es lo que me dijo mi novio al leer por encima de mi hombro lo que estoy escribiendo.

“Cuando no tengo, sí”

Le contesté.

 “¿Ves que tenés un problema con los taxis?”

Y todo vuelve a empezar. Pero la realidad es más compleja y difícil de reducir en un conjunto de máximas y por eso yo seguiré indagando en mi ser para explicar mi comportamiento. Por el momento sólo puedo afirmar que los taxis han formado parte de mi vida de una manera muy especial, como los ansiolíticos. De hecho cuando estoy nerviosa y desorientada en la calle no hay nada que me calme más que meterme adentro de un taxi. Con una fe ciega, sólo me relajo y me dejo llevar. Ya nada depende de mí.

Publicado en la revista Lento.

Deconstruíme ésta

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Ya pasó el día internacional de la mujer trabajadora. Y lo digo completo para que no haya malentendidos. Facebook me enseñó el verdadero significado de la fecha y ahora nadie me va a agarrar desprevenida. Ojalá el 8 de marzo hubiera caído antes este año. La verdad es que me habría ahorrado algunas cavilaciones serias acerca de lugar de la mujer en la sociedad poscapitalista y posporno y habría podido salir más airosa de un día de febrero que dice así:

1 am:

Estoy en la cama y leo al teórico queer español Paul Preciado. Es fascinante. Entre otras cosas, se inyectó testosterona durante un año y promocionó su libro con un bigotito. Era una nena inadaptada de colegio de monjas hasta que estudió filosofía, fue abducida por Derrida y se trasformó en su discípulx. Al poco tiempo se convirtió en una celebridad entre la movida queer, e hizo que la propia Judith Butler pareciera una señora que borda.

2 am

Me estoy empezando a enojar. El feminismo de la diferencia propuso que nos reapropiáramos de nuestro poder femenino aplastado por el patriarcado. A mí me gustó eso. Pero después el feminismo de la igualdad nos dijo que el empoderamiento surge del destierro de esos mismos esencialismos. También me gustó eso. Y ahora viene Paul, dice que lo de los cromosomas es una teoría más que deconstruir, nos dice “biomujeres” – porque la biopolítica nos encasilla-   propone un mundo transgénero y yo empiezo a estar de acuerdo. En medio de este flagelo teórico, y al borde de una crisis de identidad, opto por pensar en gatitos y me quedo dormida.

8 am

Me despierto de malhumor porque dormí poco. Mi biohombre está haciendo el desayuno. Pero a mí no me importa. Estoy muy tocada por mi lectura de Preciado y le tiro las tostadas por la cabeza.

9.15 am

Llueve y estoy llegando tarde a mi cita con una nueva ginecóloga. Me abre una señora con muy mala leche que se parece a Keith Richards. “Ojalá sea la recepcionista”, pienso; y me avergüenzo. Pero sale una rubia dulce que me dice que pase al consultorio. Mi médica habla bajito y en diminutivo. Me saco la ropita, pongo las piernitas arriba de los pedalitos esos, y mientras me acomodo la batita, ella empieza a meterme el especulito. Mi uterito esta torcidito y capaz que mis dolorcitos premenstruales son por eso. Pero no me tengo que preocupar: cuando tenga hijitos todo se va a arreglar. La odio. Le grito en silencio que maternidad no es destino, y me retiro añorando a Keith Richards.

11: 30 am

Estoy en una sala de ecografías. Me abro de gambas por segunda vez en el día. Otra vez un palo pero éste tiene una cámara. La chica hace lo suyo callada. Le pregunto sobre mis ovarios. Le comento de mi uterito torcido. Como sigue sin responder, replico indignada sobre la importancia, para mí, biomujer, de mi aparato reproductor.

5 pm

Estoy por irme de vacaciones y ahora toca depilación. Me atiende Ale, una chica ruda con mucha más calle que yo. Me cuenta que a sus clientas las depila “completas”. Yo, que ya no sé a qué feminismo pertenezco pero detesto el dolor, balbuceo expresiones como “moda machista”, “deseo del otro” y “hombres pedófilos”. Ale se me caga de la risa en la cara. Como estoy perdiendo la discusión, apelo a Cameron Diaz y a su campaña contra depilarse el pubis. Se me vuelve a cagar de la risa. “Si esa vieja ya no debe tener ni un pelo”. Se la estaba confundiendo con Demi Moore. Da lo mismo. “Esa rubia se debe haber hecho la definitiva hace años”. Punto para Ale, y me abro de gambas por tercera vez en el día.

6 pm

Me despido de Ale. A pesar de nuestras discrepancias, nos caemos bien y me cuenta que está de malhumor porque tiene que depilar a una gorda que se hace la diabética. Además, va a llegar tarde al cumpleaños de su hermana, una fanática de Bob Marley de 40 años. Como regalo de cumpleaños, su madre le hizo una torta con la cara del cantante y un bizcochuelo con los colores rastafaris. Esto no tiene nada que ver con la cuestión de género, pero es muy bueno.

7 pm

Aprovecho mi estancia en el salón de belleza barrial para contarme el pelo. Llega Viviana, una señora robusta y dinámica. Mientras hablamos de puntas y flequillos me cuenta que ya tiene nietos, aunque solo tiene diez años más que yo. Se embarazó por primera vez a los 16, pero se enteró recién al quinto mes porque seguía menstruando. Lo mismo pasó con sus dos otros hijos. Se caga de calor todo el día porque después de su tercer embarazo, a los 32, tenía el útero a la miseria y la “vaciaron”. En invierno va a la terraza, se saca la ropa y deja la abrace el frío polar. Callo mi boca bienpensante y miro fotos de nietitos.

8 pm

Aparece la diabética jadeando y saluda quejándose a las empleadas de la peluquería. Me echa una mirada y una maldición: “Ya te va a llegar”.

1 am

Agotada, sin pelos, con un uterito torcido, sin solución para mis dolorcitos, sin saber si puedo o quiero hijitos, impresionada por embarazos menstruantes y con una misteriosa maldición encima, pienso en gatitos y me duermo.

Publicado en la versión papel de revista Lento. Ilustración de Ramiro Alonso.

Mudarse es la tercera causa de suicidios, divorcios y cáncer

 

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Me mudé. Es la – cada vez que lo repito, me gusta repetirlo, tengo que volver a contar con los dedos- novena vez en nueve años. Da un total, es fácil, de una por año. Pero no. Nada en la vida es tan ordenado ni tan demente. Salvo que tengas serios problemas financieros, familiares, o de inestabilidad psíquica, nadie quiere mudarse cada doce meses. Porque mudarse es una mierda. Está clarísimo. Aunque sea para mejor, para iniciar nuevas etapas y todo eso. Hay, como los dos tipos de colesterol, mudanzas malas y mudanzas buenas. Pero sigue siendo colesterol.

Mudarse es volver a vivirlo todo otra vez. Es ese momento en que todos los recuerdos pasan rápido por la cabeza. El osito que se perdió en el divorcio de los padres, el objeto olvidado de algún novio, el día de la emancipación familiar. Y por qué no: la pérdida de la virginidad, la experiencia traumática con alguna droga, la experiencia no traumática con alguna droga. Drogas. Eso. Quiero drogas. Pero no puedo, porque mañana temprano viene el señor de internet, y el señor que va a poner enchufes, y el señor que va a amurar los estantes para todas esas cosas que siguen en cajas. Pero fundamentalmente, en mi caso, mudarse es repasar mi estadía en las casas anteriores. Y darme cuenta que en otra vida debo haber sido una agente inmobiliaria diabólica o una terrateniente cagadora o una madama de pensión explotadora. Y esta vida, que es la única que recuerdo, me las está cobrando todas. Por eso ahora, que ya estoy entregada, voy a poner numeritos como hace Rodrigo Fresán.

1.

Mi emancipación fue a un cuarto de nueve metros cuadrados a miles kilómetros de la casa de mis padres, de mi país, del continente latinoamericano. Estaba en el barrio más feo de toda la ciudad, daba a una mezquita en construcción, que a su vez estaba al lado de un estacionamiento. Compartía water y duchas con otras decenas de estudiantes pero adentro tenía una heladerita, una pileta de cocina, una pileta de baño, una cama, un escritorio, un ropero y una biblioteca. Ahí viví un año. Cuando mi madre se tomó un avión a visitarme y entró a mi cuarto, me abrazó fuerte y creo que se puso a llorar.

2.

Cuando mis cuestiones financieras mejoraron me puse en campaña para alquilar mi primer apartamento. Pero en el medio alquilé un cuarto en una casa enorme y lindísima con otros estudiantes. Como era verano estaban todos de vacaciones y solo quedamos allí una polaca y yo. La polaca cenaba a las 7 de la tarde embutidos que se había traído de Polonia, después se emborrachaba y me hablaba horas en polaco. Tenía problemas familiares, creo.

3.

Ahí sí. Mi primera casa mía. Un apartamentito en el casco antiguo de mi ciudad putativa. Treinta y cinco metros cuadrados a pura madera y bohardilla. Un sueño. A las dos semanas de mudarme se me prendió fuego. El dueño, un usurero que se refería a mí como “la paraguaya”, tardó meses en volver a pintarla. Pero ahí duré dos años, tuve invitados, novios, lo presté a amigos. A pesar del la fogosa bienvenida, unos champiñones que nacían al borde la de la bañera y una vecina alcohólica que entró de madrugada para vomitarme la moquette, fue un buen hogar. Tengo fotos y las miro. Ah.

4.

De ahí me fue un tiempo a la casa de una amiga. Antes regalé todos mis muebles y me quedé con dos valijas. Tenía que volver a Uruguay. En la casa de mi amiga no me pasó gran cosa, porque claro, no era mi casa, por lo tanto no estaba embrujada.

5.

Volví a mi casa materna, ya grande y experimentada, para darme cuenta que eso de madurar es un cuento. Estuve unos meses hasta que conseguí mi primer apartamento uruguayo.

6.

Otro sueño. Y esta vez tenía puertas, espacios definidos, ¡una cocina!. Lo pinté y decoré con amor. Al poco tiempo de inaugurarlo empezó a perder agua por las paredes, se mudó una cumbiera bipolar al piso de abajo, y entró un señor a robarme cosas por la ventaba mientras dormía. Como todas las paredes del cuarto tenían humedad y nadie se hacía cargo terminé viviendo en el living. A pesar de ser mi primera casa uruguaya no le guardo ningún cariño y por mí que la exploten. No miro fotos.

7.

Conseguí una casa, esta vez sí, eh, de cuento de hadas. Una planta baja divina y antigua. Una distribución rara pero con mucha gracia. Hasta tenía un estudio con un escritorio que daba a la ventana desde donde un ladrón me fue robando varias cosas: primero una birome, después un celular, después la computadora. Pero nunca se me ocurrió sacar el escritorio de al lado de la ventana. Soy una romántica.

8.

Volví a mudarme de país pero esta vez más cerca. Subalquilé la casa de cuento de hadas, cargué una camioneta con tres petates y me instalé con otro ser humano, una persona que en sus vidas pasadas no tuvo nada que ver con el mercado inmobiliario y hasta conocerme a mí no había tenido ningún tipo de problemas con sus casas. A los pocos meses le explotó el Alzheimer a una vecina (los detalles, aquí) y todo se volvió raro. Faltaba más.

9.

Ahora veo la luna desde el ventanal de nuestra cocina nueva. Hace una semana que nos mudamos y por ahora es el único lugar habitable. Nos mudamos por las mejores razones. Es colesterol del bueno. Pero no puedo dejar de tener mis dudas. Acá vivo yo, la persona que en otra vida se pasó cagando a inquilinos, y todo puede suceder. Tengo una sospecha que involucra al portero pero no sé si da para develarla ya. Quizás sea mejor esperar. Si es que sigo viva.

Publicado en la revista Lento. Ilustración: foto de alguien que vende una casita en mercado libre.